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00 - Immolation: Historia de un rol de 5 años

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00 - Immolation: Historia de un rol de 5 años

Mensaje por SWar el Miér 9 Jul - 17:00

¡Buenas! Mis queridos compatriotas de este foro, quería compartir con ustedes un rol que nos mandamos un grupo de amigos por 5 años, el cual fue plasmado en una historia por nuestro Maestro de Juego: Harold Ambler, ha sido la mayor experiencia de rol que he tenido, donde el personaje se adueñaba de mi ser cada junta y gracias a que cada uno aportaba enormemente en la historia se hizo una experiencia increíble, este juego que es conocido por nosotros como Inmolation, esta basado en el universo de Mechwarrior y para comenzar les quiero mostrar como se inicio mi historia, en realidad del Ingeniero de Campo Kirov Papadopoulus, mejor conocido como Ártifex, espero que les guste, intentare generar un poco mas adelante un post en el cual los interiorice mas en el contexto que se vive la historia, espero sus comentarios ^^

1

-“Cuidado. Estás siendo observado”.
La voz provenía de todas partes, y de ninguna, lo cual hizo intuir al joven Kirov que no la estaba percibiendo a través de sus oídos. El mensaje llegaba directamente a su cerebro.
Veloz pero disimuladamente el técnico apiló las placas conteniendo sus esquemáticas y las introdujo en su morral. Sabía que no tenía sentido responder a aquella voz que oía sin un transmisor adecuado, con lo cual decidió simplemente actuar acorde a lo que se le decía. Apenas se le había permitido describir sus pobres credenciales frente al consejo de selección de La Orden durante su postulación, pero aquella voz se había escuchado por uno de los intercomunicadores aquel día. Y si esa voz había usado un tono imperativo con los examinadores, significaba que pertenecía a alguien importante. Y ahora esa misma voz le aconsejaba discreción, ¿Cómo no escucharla?
Kirov Papadopoulus siempre había querido ser un Acólito. Su viejo padre, que en paz descanse, apenas había alcanzado un miserable cargo burocrático en Ciudad Blake durante sus setenta años de esforzada carrera, sin haber echado siquiera un vistazo en toda su vida al interior del Generador. Él también había postulado en su tiempo, pero tampoco había sido aceptado. Era un Don Nadie.
Y ahora su hijo seguía sus pasos.
La educación técnica de Kirov, por supuesto, no había sido tampoco destacable. Había logrado entrar al internado de la Academia Técnica de Ciudad Blake mediante las escasas influencias de su Padre, y sus notas habían sido sobresalientes. Perfectas, a decir verdad. Cien de cien en cada cátedra, en cada laboratorio, año tras año. ¿Pero de qué servía? Sin un contacto importante no había logrado ganar la beca anual para continuar estudios en el ITT, con lo que había terminado con un título miserable de Ingeniero y una maleta llena de ambiciones destrozadas.
Quería, necesitaba entrar a La Orden. Pero se le había despreciado. El día de la postulación, sin saber por qué, una parte de su mente lo había forzado a negarse a exhibir las esquemáticas que ahora tan apresuradamente ocultaba. El diseño completo de un generador de plasma de bolsillo. Algo imposible para el paradigma técnico imperante.
Y ahora estaba construyendo uno. Y parecía funcionar. Hace meses que había probado un prototipo muy preliminar en un terreno baldío cercano dos cuadras al pequeño piso en el que vivía en Atenas, logrando un destacable aumento de mil joules en la energía potencial emitible. El oxígeno alrededor del pequeño prototipo había crepitado antes de convertirse en una llamarada bien controlada de hermoso plasma azulado, forzando a Kirov a reir a carcajadas, solo, en medio de la noche.
Las esquemáticas eran perfectas. Artifex, las firmó, cambiando los valores ligeramente en función de un patrón previamente memorizado, con el fin de que cualquier copia resultara errónea. Nunca había tenido mucho, pero esto le era propio exclusivamente. Ni siquiera en tiempos de la Liga Estelar habían existido proyectores de plasma utilizables en combate tan pequeños.
Estaba inventando. Sonaba a gloria, es cierto, pero le ponía en peligro a un nivel que el técnico no era capaz de percibir ni en sus ideas más pesimistas. Había destruido el Dogma, y ello se castigaba con la muerte. ROM pisaba permanentemente sus tobillos, intentando determinar por qué las copias de sus planos terminaban siempre en prototipos espectacularmente explosivos. Ártifex debía morir, pero primero era necesario copiar sus creaciones, establecer cuáles eran los principios físicos ocultos en su increíble creación, drenar su ingenio antes de mandarlo al olvido.
Por eso aún seguía respirando, pero los plazos se estaban terminando y ROM estaba empezando a considerar la posibilidad de jamás obtener esquemáticas aplicables a la práctica. Una lástima, por cierto.
Ártifex caminaba por los pasillos preguntándose qué ocurría. Sus ojos recorrían cada sector de la biblioteca de Atenas, el lugar al que solía ir por su incapacidad de costear un ordenador suficientemente poderoso para sus estudios, presa de su nerviosismo bastante cercano al miedo.
¿Querrían acaso el cintillo neural? Era probable. Kirov tenía certeza de que aquel artefacto que ocultaba bajo su cabello lo mejor que podía valía más que su pequeño departamento, su vida y la vida de todos sus antepasados sumadas. Era un ingenio extraño, ancestral, que había encontrado entre las pertenencias de su padre el día que él murió, hacían ya cinco años.
No, el cintillo nunca perteneció a su Padre. Alguien lo había puesto entre las pertenencias que ComStar le había devuelto después del muy sobrio funeral, destinado a que terminara en sus manos. También era un misterio, y muchas noches se había desvelado observándolo. No tenía junturas, o interfaces, y era imposible determinar de dónde obtenía su energía. Simplemente seguía funcionando, y Kirov lo utilizaba cada día como un mecanismo de entrada a cualquier ordenador, incluyendo controles de puertas y ascensores, con que se encontraba. Su par de indicadores luminosos tenuemente color lavanda se le antojaban al Técnico como un par de ojos adicionales sobre los propios, con los que contemplaba un mundo más seguro y bajo control. Hace algunas semanas incluso dormía con aquel artilugio en su frente.
-“Continúa por el pasillo. No mires atrás. Al final podrás ver una puerta con una simple cerradura electrónica. No será problema para ti”.
A cuatro metros de distancia Kirov extendió la mano, y la puerta se abrió como movida por magia. El cintillo parecía convertir sus impulsos nerviosos en órdenes entregadas en el lenguaje correcto a cada máquina a su alrededor. Las más simples obedecían sin más. Las más complejas a veces se resistían, y habían algunas que desobedecían sin más remedio. Una cerradura encajaba perfectamente en la categoría de máquinas simples, y un empujón final con el hombro dejó a Kirov al descubierto bajo el radiante sol de la Península Helénica, parte del extendido Imperio Balcánico, desde hace poco gobernado en su totalidad por la Duma moscovita.
En la amplia avenida Ártifex se encontró frente a un deslizador Darkhawk, un vehículo de lujo producido en números limitados por Dielcorp en el hermoso planeta conocido como Ráliga Secunda.
-“Sube”.
-“NO”, dijo Ártifex, al aire. La situación, de por sí extraña, se estaba empezando a parecer peligrosamente a un secuestro.
-“Si decides no subir, te capturarán. Lo que llevas contigo es demasiado importante…”
-“¡No es mi responsabilidad. Estaba entre las cosas de mi padre!”
-“Ah… crees que es eso. Bien, solucionaremos tu problema de enfoque luego. Ahora sube al vehículo, o muere”.
Ártifex subió al vehículo.
Estaba solo en su interior. A diferencia de otros autotripulados, este parecía estar siendo conducido por un piloto invisible. A través del cristal vio pasar la totalidad de su ciudad natal y, finalmente, vio acercarse velozmente el espaciopuerto de Elefsis.
-“¿Cómo…?”, comenzó Ártifex, tímidamente, casi en tono de solícita negociación, “¿cómo puedo escucharte? No llevo ningún receptor conmigo”.
-“Estoy enviando una señal de comunicación directamente a tu enlace neural externo, Kirov. El sistema estimula las zonas de recepción auditiva en tu cerebro, por lo que parece que pudieras escucharme”.
-“Lo sabía. ¿Tú dejaste el cintillo para mí?”
-“Utiliza adecuadamente las palabras, Kirov. Es un enlace neural externo. Así como el correcto conocimiento de las cifras en una ecuación nos otorga la capacidad de entenderla y resolverla, el manejo apropiado de los conceptos nos permite clasificar, cuantificar y registrar aquello que contemplamos de la realidad, otorgándonos finalmente las herramientas para modificarla. Ahora bien, respecto a tu pregunta, prefiero no revelar esa clase de detalles ahora. Haya sido o no yo aquel que puso ese artefacto a tu alcance, lo cierto es que lo tienes y que me permite comunicarme contigo, y eso es lo que importa”.
La voz se detuvo mientras el vehículo se deslizaba suavemente a través de la arcada que marcaba la entrada el espaciopuerto, y finalmente se detenía junto a una nave de diseño irracionalmente avanzado (o antiguo, en los términos de la época).
-“Ahora dime”, continuó la voz, “¿volar te provoca incomodidad?”
-“No, estaré bien. ¿Puedo preguntar cuál es el destino de mi viaje?”
-“Por supuesto. Es Ciudad Blake. Verás, se supone que ahora debiera ofrecerte la posibilidad de descender del vehículo, olvidar todo lo ocurrido y retornar a tu vida, pero lamentablemente ello implicaría sin lugar a dudas tu muerte en manos de agentes a los cuales ni siquiera eres capaz de ver…”
-“Puedo verlos”, dijo Ártifex, esta vez con seguridad y premura, como revelando una información que se hubiera reservado durante mucho tiempo. “No siempre, sólo cuando me concentro demasiado en un punto determinado. Puedo visualizarlos por el rabillo de mis ojos, a veces detenidos, a veces caminando, siempre vestidos de negro… Creo que es el cinti… ehm, el enlace neural externo”.
La voz volvió a callar. Al parecer estaba siendo sorprendida, y al parecer también eso no ocurría muy a menudo.
-“Si. Era previsible. Está diseñado para eso, pero se requieren años… décadas a veces… para lograrlo. Ahora no puedo permitir que caigas en sus manos. Debes abordar la Triskel”.
La nave color acero y grafito fuertemente armada parecía muy amenazante, pero la posibilidad de verse enfrentado a aquellos hombres invisibles en el atardecer de Atenas sonaba bastante menos que tentadora para Kirov. Aferró con fuerza su morral, se ajustó la chaqueta y abandonó el vehículo.
Frente a él, la compuerta de la Triskel se abrió. Por supuesto, adentro se encontró de nuevo solo.
Los protocolos de despegue se iniciaron y, sin siquiera una solicitud de permiso, la nave se elevó veloz y luego se disparó sobre la ciudad. La butaca, lentamente, cambió hasta adaptarse a la forma del cuerpo de Ártifex, permitiéndole mantenerse sentado cómoda y seguramente sin necesidad de ninguna clase de cinturón de seguridad.
Sintió sed, y de uno de los brazos de la butaca se elevó un vaso lleno de zumo de una mezcla de frutas refrescantes. Sin dudarlo el técnico bebió, y sólo entonces entendió el nivel de interacción que el E.N.E. le permitía tener con los ordenadores a su alrededor: No sólo le obedecían, sino que además respondían a sus impulsos como un brazo o una pierna lo harían, cuando las condiciones eran las óptimas. Dentro de esta nave no había consolas, botoneras o palancas de comando. Todo estaba destinado a ser maniobrado neuralmente, y ello de por sí ya era impresionante. La apariencia orgánica de todo alrededor completaba el conjunto.
Pronto Atenas quedó atrás, y luego de un corto viaje Ártifex pudo notar que la nave descendía. Un vistazo hacia uno de los lados volvió esa sección del casco transparente, y afuera un hermoso claro de bosque estaba haciendo las veces de planicie de descenso. Al fondo, Ciudad Blake, y en su centro el hermoso Generador.
¿Era aquél el lugar de reunión? Kirov deseaba con cada célula de su cuerpo que lo fuera.
2

Aquí aún era de día, un hermoso día soleado recorrido por una suave brisa. Las hojas de los árboles parecían danzar con el viento, que emitía sonidos ululantes y majestuosos. Fuera de ello, y del murmurar de los propulsores de la Triskel apagándose, el silencio era total. Frente al técnico se marcaba claramente una senda entre los árboles, y él instintivamente la siguió. Todo parecía haber sido preparado con sumo cuidado.
El paseo duró cerca de una hora , y finalmente Ártifex se encontró frente a un antiguo muro de piedra, en el que se destacaba una masiva puerta metálica decorada con el emblema de La Orden, rodeado por los escudos de las 93 repúblicas feudales al igual que en los hologramas de archivo de la biblioteca. Estaba en el anillo externo del Generador Terra, y casi no podía creerlo.
Contuvo la respiración mientras la puerta de dos hojas se abría, revelando un hermoso atrio dotado de enormes vitrales. Los muros estaban recubiertos con finos estandartes de terciopelo azur, ribeteados de oro: El símbolo del primorato. El suelo de mármol blanco, desprovisto de alfombras, contrastaba con la escalera doble azul de manillares de bronce y oro al fondo del salón. Ártifex se sentía indigno, pero sabía que debía seguir caminando, subir las escaleras y atravesar la pequeña puerta de ébano que divisaba desde su posición. Todo era claro, explícito, aunque no se le había dado ninguna instrucción.
Atravesó la puerta, y terminó en un salón más pequeño pero aún más suntuoso que el anterior, en el fondo del había un enorme escritorio de caoba y, en el centro, una poltrona tapizada de terciopelo rojo.
-“Siéntate”.
Así lo hizo, sin dudar ni un instante. Más allá del escritorio podía ver un sillón alto, altísimo, dándole la espalda. A través del cristal detrás de ese sillón se veían los magníficos jardines interiores del Generador, dotados de increíbles esculturas holográficas. Cuanto lujo, cuanta perfección.
¿Era esto real?
-“Has estado muy ocupado los últimos meses, ¿no, Kirov?”, comenzó la voz, esta vez proveniente de aquel sillón, ya llegando nítidamente a los oídos del técnico. “Sin duda alguna. Lamentablemente has atraído hacia ti gran cantidad de atención, atención indeseada, de aquella que sólo puede dirigirte a un final muy, muy trágico”.
-“Yo…he estado trabajando…”
-“¡Silencio! No necesitas decir nada. Aquellos que te persiguen conocen tu talento, y desean hacerse de aquello en lo que trabajas. No deben obtenerlo”.
Hubo una pausa. Kirov entendía cada vez menos, pero esperaba en obediente silencio. Ya estar donde estaba era un gran honor, y si lograba salir con vida habría obtenido, a su parecer, una gran ganancia. No necesitaba hacer preguntas. Excepto una.
-“En La Orden, sin embargo…”, continuó la voz, untuosa, profunda, “… en La Orden no podrán tocarte. Ya he hecho los arreglos. Podrás evitar el proceso de selección si realizas una misión para mí. No debe ser demasiado complicada, considerando que la realizarás en tu ciudad natal, pero debes ser extremadamente discreto. ¿Es esto aceptable para ti?”
-“Por supuesto”, dijo Ártifex, casi pudiendo palpar la oportunidad de su vida entre sus dedos. Aún así mantenía un tono ambiguo, evasivo, considerando que de por si lo que ocurría era difícil de creer.
El hombre detrás del respaldar alto notó sin dificultad las dudas de Ártifex, y decidió adelantarse a las preguntas de rigor.
-“¿Qué ocurre? ¿No crees acaso que pueda alterar un sencillo proceso de selección? ¿No sabes acaso quién soy?”
El silencio otorgó una respuesta concisa.
El hombre continuó.
-“Soy el Primus de ComStar, Kirov. Mira dónde estás, piensa cómo llegaste. ¿Necesitas más pruebas?”
Estaba en el Generador, maldita sea. ¿Qué duda cabía? ¿Cómo podía un simple egresado de la Academia Técnica encontrarse ahí, sin procedimiento de selección, sin registros ni credenciales?
-“Hábleme de la misión”.
Retransmisor en Atenas, conteo de daños, instrucciones para reactivación, cada pequeño dato y detalle quedó grabado a fuego en la mente de Ártifex. Una Ceress Spirit le estaría esperando en la plataforma de despegue. Tendría que pilotearla, pero eso no era un problema en una astronave tan liviana y sencilla. Aterrizaría en Tebas, lugar en que se encontraba el complejo, y lo repararía. Sonaba simple, pero de gran importancia.
-“Fuera de esta habitación hay un maletín. En él hay un arma láser, una batería adicional cargada, un set de herramientas avanzado, un medpack, un multitracker y una placa de memoria con la información que necesitas. Espero que entiendas que esta conversación nunca ocurrió. Ahora ve”.
Ártifex se levantó de la silla, e inmediatamente la puerta opuesta a aquella por la que había entrado se abrió silenciosamente. Pudo ver el maletín justo afuera, y vaciló un segundo. Deseaba acercarse a aquel sillón y ver al Primus de ComStar a la cara, pero le pareció que era tentar a la suerte. Sin más abandonó el recinto, contradiciendo sus instintos, y apenas salió vio la plataforma sobre la cual se encontraba la Spirit.
SI se hubiera acercado lo suficiente, se hubiera percatado de que estuvo conversando con un sillón vacío.

3

La Ceress Spirit se elevó con facilidad, dado su excelente sistema de asistencia , y pronto Ártifex volvía a su Atenas natal con los dedos crispados sobre las palancas de comando, intentando con gran dificultad respirar con normalidad. Sus esquemáticas seguían en aquel morral, pero ahora portaba un arma y equipo ComStar, y su vida había dado un giro sorpresivo. Si, tenía miedo, pero ya había pasado hace mucho el punto sin retorno y ello quedó confirmado cuando vio entre las nubes las luces de la pequeña plataforma de aterrizaje de Tebas.
Muy cerca de aquella plataforma había un pequeño edificio, coronado con una cresta alta, nada más que un receptor de radio para ojos no entrenados. Pero Ártifex notó el cableado, la doble puerta reforzada, y entendió que había llegado a su destino. Velozmente se apeó de la Spirit, y avanzó a paso seguro hacia la puerta.
Todo iba de maravillas, hasta que sintió la pistola en la nuca.
-“Mantén la boca cerrada, ¿está bien?”, dijo una voz de mujer detrás de él. “No necesitas morir aquí, y yo no estoy dispuesta a matarte a menos que me des una muy buena razón”.
Kirov estaba aterrado, naturalmente, y ello le impedía pensar con claridad. El frío del acero en su cabeza le producía un dolor agudo, y la mujer que estaba tras él parecía superar por mucho su fuerza. Soltó el maletín, y ella lo tomó, y luego de un empellón lo dirigió hacia un lado de la pequeña instalación.
Había fallado su misión, por supuesto. Se reprochó no haber mantenido siquiera un poco de pesimismo.
Caminó a tropezones hasta un vehículo oscuro, al interior del cual fue lanzado. Las puertas se aseguraron, y la gran velocidad de desplazamiento lo pegó al asiento. Los vidrios ahumados le impedían mirar hacia afuera y la oscuridad era total. Voló sobre la noche ateniense durante lo que creyó fue una media hora, y luego todo se detuvo bruscamente. Una mano enguantada lo sacó del vehículo violentamente, y doblando su brazo derecho lo forzó a mirar hacia adelante, sin poder ver jamás el rostro de su captora. Caminó por lo que parecía ser una fábrica o tal vez un almacén abandonado y, finalmente, fue sentado en una silla metálica. Con un click, grilletes aseguraron sus muñecas y tobillos, y una intensa luz blanca le dio en la cara.
-“Nombre”, profirió la mujer, sin que él pudiera verla con claridad producto del encandilamiento. Ártifex asumió que era una pregunta.
-“Ártifex”, dijo él, con voz temblorosa.
El seguro de un arma fue quitado. Kirov comenzó a temblar descontroladamente.
-“No… No me mate… tome todo lo que quiera…”
-“¿Te parezco una ladrona, Ártifex? ¡NOMBRE!”
-“Pa… Papadopoulus… Kirov. ¿Qué quieren de mí?”
-“Quiero que abras tu puta boca sólo para responder, o te atengas a las consecuencias. ¿Quién te envió aquí?”
-“Yo… yo vivo aquí…”
La silueta negra chasqueó la lengua, y luego se acercó. Al parecer se trataba de una mujer con muy poca paciencia.
Una bofetada cruzó la cara de Kirov, lanzando lejos uno de sus dientes y dejándolo con un pitido en el oído izquierdo. Al parecer no estaba buscando quitarle la vida, pero eso no significaba necesariamente que su integridad física estaba garantizada. Los temblores de Ártifex se intensificaron.
Comenzó a hablar en un sollozo.
-“Yo vivo en Atenas… fui contactado… no quise…”
-“¡POR QUIÉN , MALDITO HIJO DE PERRA! ¡QUIÉN MIERDA TE CONTACTÓ!”
-“Agh… ¡El primus de ComStar!”, Ártifex lloraba, mientras la silueta oscura de la mujer remecía la silla con violencia.
La mujer se alejó, y en la oscuridad encendió un cigarrillo. En penumbras Kirov distinguió un ojo negro y brillante como las fauces de la muerte.
-“¿Qué quería de ti?”, dijo la mujer, más calmada, explusando el humo del cigarrillo. “No pareces un pez muy gordo”.
-“No… lo… se…”
Ártifex escuchó el sonido de una daga saliendo de su funda, y se orinó en los pantalones. La mujer se acercó a él a grandes zancadas y, sin mayor ceremonia, le propinó un corte en un muslo que le forzó a gritar estruendosamente.
-“¡ESTÁS MINTIENDO, MARICA! ¡EN QUÉ PUTO MOMENTO PENSASTE QUE PODÍAS MENTIRME!”
Ártifez sangraba, lloraba y se remecía en el asiento víctima de violentos temblores, mientras la mujer volvía a su posición original. Logró sacar un hilillo de voz, en lo que pensó serían sus últimas palabras.
-“Todo… está en el maletín… hay una placa de…”
La mujer se acercó al maletín, que ahora Ártifex pudo ver estaba en el suelo cerca de ella.
-“¿Éste maletín?”, preguntó, apuntándolo con la puntera de su bota.
-“S… si…”
De una brutal patada el maletín voló por la habitación hasta estrellarse contra el muro. Su contenido se dispersó todo alrededor y Ártifex se dio finalmente por muerto.
-“Verás, no traje mis anteojos así es que ¡TENDRÁS QUE AHORRARME LA JODIDA LECTURA Y EMPEZAR A CANTAR!”
Nuevamente la mujer embistió, y esta vez apagó su cigarrillo en la herida abierta del muslo de Ártifex. El dolor casi lo dejó inconsciente. Tomó lo último de sus fuerzas y dijo:
-“El Primus me envió… a reparar el retransmisor. Es una operación importante para las comunicaciones en Asia. Los anarquistas lo destruyeron hace…”
-“No recuerdo haber destruido ninguna instalación por aquí”, dijo la mujer, increíblemente incrementando la ya imposible cantidad de miedo en el técnico. ¡Anarquistas! ¡Terroristas, asesinos, dementes! La mujer luego de pensar, continuó: “Qué habrá querido el viejo Johann de ti, ¿eh? Tendré que averiguarlo”.
Acto seguido, la mujer envió un puñetazo directo al rostro de Ártifex, lanzándolo al suelo completamente inconsciente. Al parecer el interrogatorio había entrado en un receso.

4

Un tenue rayo de luz despertó a Ártifex, que se encontraba tendido sobre una raída litera. Sus heridas habían sido cuidadosamente curadas, y su buen estado general le indicaba que se habían usado drogas para mejorarlo. Se levantó con cuidado, intentando no apoyar la pierna herida, y unos segundos después avanzaba hacia un rincón del calabozo en el que se encontraba. Ahí estaba su morral. Sí, había sido revisado, pero todas sus cosas se encontraban aún en él, intactas.
Kirov sonrió. ¿Acaso sabrían los anarquistas con el valor de lo que habían encontrado, aquello que incluso ROM ambicionaba? Probablemente no, considerando sus brutales maneras. Abrazó su morral y se sentó nuevamente en la litera.
Se secó el sudor con las manos y entonces se percató de que aún portaba su enlace neural externo. ¡Ignorantes anarquistas! Si esto era una fábrica, incluso abandonada, dotada de electricidad, probablemente habría algún interface de ordenador conectado a las cerraduras de las puertas.
¿Habría también cámaras?
Se concentró. Pudo sentir a su alrededor una serie de enlaces muy débiles, simples pulsaciones eléctricas dentro del cableado de la instalación. Era lo que buscaba: significaba que el sistema estaba interconectado. Buscó algún nodo de entrada y, después de una gran cantidad de esfuerzo y la obtención de una fea migraña, localizó un punto de acceso cercano. Bastó dar la orden para que la cámara fuera de su celda se encendiera, revelando afuera dos sillas y una mesa sobre la cual había un paquete de cigarrillos y una botella de Vodka. Ni una sola señal de vida.
Lo habían dejado solo. Excelente.
Un poco más de esfuerzo permitió a Kirov seguir las conexiones eléctricas hasta encontrarse con el nodo que conectaba a los circuitos de las cerraduras, y un leve aumento en el flujo fue suficiente para forzarlas a abrirse de golpe. Sin pensarlo demasiado Ártifex tomó su morral, ajustó las vendas alrededor de su muslo y echó a correr.
El dolor de la pierna era espantoso, pero debía seguir corriendo. Atravesó el gran almacén, bajó las escaleras y finalmente se encontró con la puerta de acceso principal.
Se detuvo, recuperando el aliento. Pronto estaría afuera y podría determinar su localización, dado el gran conocimiento que tenía de la zona. Sentía la urgencia de contactar al Primus, narrarle lo sucedido y volver a empezar. Probablemente los hechos lo justificarían. Sólo necesitaba escapar.
Miró hacia afuera, ligeramente cegado por el sol. No parecía haber nadie alrededor, y alrededor de esta factoría habían grandes almacenes y pilas de contenedores, y grandes grúas se recortaban en el horizonte. Estaba en un puerto.
Una segunda mirada fue suficiente, e inmediatamente después Ártifex corría desenfrenadamente entre los contenedores, intentando evitar zonas descubiertas. Pronto su pierna comenzó a sangrar nuevamente, y los vendajes se tornaron intensamente rojos. No duraría mucho más.
Fue entonces cuando la vio, justo antes de desmayarse sobre el pavimento.

5

Ártifex abrió los ojos sólo para encontrarse con los de ella, y no pudo quitarle la mirada durante varios segundos. Un vistazo por el rabillo del ojo le indicó que se encontraba al interior de un vehículo muy lujoso, y el tacto de la suave piel del tapiz se lo confirmó, al tiempo de indicarle que se encontraba sin pantalones.
-“¿¡Dónde…!?”
-“Relájate. Ya estás a salvo. Tuve que cambiar tus precarios vendajes por algo mejor, pero estarás bien. Tuviste suerte de encontrarte conmigo, querido”.
Mientras escuchaba a la mujer, Ártifex se quedó pegado a la visión de aquellos carnosos labios color magenta oscuro, que danzaban muy cerca de su rostro. Kirov nunca había tenido demasiada suerte con las mujeres, y el tibio aliento de la mujer sobre su piel le provocaba agradables escalofríos en todo el cuerpo, forzándolo a sonreir como un idiota. La mujer rió, y juntó las mandíbulas del técnico suavemente con sus dedos.
-“¿Te sientes mejor?”
-“Jamás me había sentido mejor. ¿Eres médico? ¿Enfermera, tal vez?”
-“Bueno… casi. Pero ahora me dedico a los negocios. Estaba esperando una reunión en el puerto cuando te vi desvanecer. Estabas en terrible estado, mi pobre criatura. De verdad fuiste afortunado”.
Lentamente Ártifex se incorporó, notando que viajaba en el asiento trasero de una lujosa limousine autotripulada, junto a la mujer más hermosa que hubiera visto jamás. Su pierna cruzada saliendo del corte de un impecable vestido blanco ceñido atrapó la vista de Kirov durante unos segundos, luego de los cuales saltó irremediablemente a sus perfectos senos. Gran cantidad de esfuerzo se requirió para llevarla a sus labios, y finalmente para clavarla en sus ojos esmeraldas, profundos e inquisitivos.
Ella sonreía, tal vez divertida por el recorrido de los ojos de Ártifex.
- “Oh, no me he presentado. Mi nombre es Laylah Schneider”.
Ella extendió la mano, y él la besó torpemente. Ella volvió a reír.
-“Yo soy Artif… Kirov, Kirov Papadopolus. No sé cómo agradecer…”
-“Oh, ya habrá tiempo de pensar en eso”, dijo ella, coqueta. Ártifex deseó más que nunca antes tener puestos los pantalones. “Por ahora debes descansar, relajarte y recuperarte. ¡Has debido pasar por momentos terribles, lindo!”
Ártifex debió hacer grandes esfuerzos para contener un sollozo, y se dejó caer sobre el respaldar del cómodo asiento. Nunca se había sentido más a salvo.
La limousine continuó su avance hasta el mismísimo centro de Atenas, y finalmente aterrizó frente a la puerta del lujoso hotel Sheraton – Marriot.
Laylah entregó su destruido pantalón a Kirov.
-“Vamos, vístete. Conseguiremos una habitación para que descanses”.
Juntos bajaron del vehículo, asistidos por un elegante lacayo de librea. Laylah se ajustó su masivo sombrero y, luego de tomar del brazo a Ártifex, lo condujo a la recepción. Kirov pocas veces se había sentido tan fuera de lugar.
-“La Suite imperial, parakaló”, dijo Layla, volviendo a sonreir hacia Kirov. Él ocultaba su incomodidad lo mejor que podía.
Subieron juntos en el amplio ascensor, de cristal y oro, y subieron velozmente al piso 34, la suite imperial. Ártifex quedó en silencio ante la sala de estar, en la cual cabía varias veces su departamento. El botones les mostró las habitaciones, la hermosa terraza, el delicado comedor y los amplios closets dotados de Valets androides.
Finalmente quedaron solos, Ártifex respiraba pesadamente.
-“Aquella será tu habitación, cielo. Desnúdate, te prepararé un baño”.
-“Yo… no…”
-“No te avergonzarás frente a tu ‘médico’, ¿no, querido?”
Ella rió. Él la siguió, absolutamente atontado.
Pronto ella le daba un baño de burbujas en una lujosa tina de mármol, a la temperatura ideal. Sus labios casi se rozaban a cada instante, pero ella evadía con una habilidad sobrehumana. Ella se retiró pronto a solicitar un refrigerio, y él requirió aún algunos minutos para salir de manera apenas digna de la bañera.
Comieron en la terraza, bajo el sol ateniense. Pronto y sin dificultad él revelaba todo lo concerniente a la misión, sus proyectos y su necesidad de contactarse con el Primus.
-“¿Estás seguro? ¿Acaso crees que el Primus de ComStar perdonará tu fracaso? Johann no se caracteriza por su piedad contra aquellos que lo… decepcionan”.
-“¿Lo conoces?”
-“Por supuesto. No hay nadie en este planetucho a quien yo no haya conocido. ¡Oh, Kirov! ¡No podría vivir si supiera que estás en peligro nuevamente!” Acto seguido, Laylah recorrió la pierna herida de Ártifex con la mano derecha, forzándolo a doblarse sobre la mesa. Luego se detuvo, como pensando, y para continuar: “Sé lo que debemos hacer. ¿Conoces el RJ45?”
-“¿El qué?”
-“Lo supuse. Son una miserable fuerza mercenaria a los cuales he contratado alguna vez. Esta vez irán por un encargo a Tarkad. Podrían llevarte ahí, y yo movería los hilos para que fueses aceptado en los cursos avanzados. Dijiste que eres ingeniero, ¿no?”
-“Ehr, no, no lo he dicho. Eres muy perceptiva”.
-“Oh, sí, amor… lo soy. Un hombre tan inteligente, de mirada tan…penetrante, como tú, no puede menos que ser un ingeniero. ¿Qué dirías de un semestre de clases avanzadas gratis en el ITT?”
-“Diría que siento que te amo”.
Laylah rió.
-“Oh, no digas estupideces, cariño. Sólo hazlo. Por mi, ¿Está bien? Luego de ese curso podrás trabajar en mis proyectos. Será maravilloso”.
Ártifex sorbió un largo trago de jugo de naranjas y comió un panecillo, entendiendo que la vida le había dado una increíble lección sobre planes alternativos.

6

La robusta Círakon del RJ45 recibió al pequeño transbordador que contenía a Ártifex en la órbita de Leicester. Habían pasado tres semanas de aquella mágica jornada en Atenas, y Ártifex aún no podía quitarse el perfume de Laylah de la mente.
Cuando la compuerta se abrió, un tísico hombre apareció en el pasillo, acompañado de otro más alto, más fornido y claramente más armado.
-“Mi nombre es Grissom”, dijo el pequeño, acercándose. Portaba un avanzado multitracker en una mano, y apoyaba la otra en un arma láser enfundada en su cinto. “Asumo que eres nuestro nuevo apoyo de cabina”.
-“Lo soy”, dijo Kirov, solemnemente. “He sido enviado por la dama Laylah Schneider para viajar a Tarkad, y apoyarlos en las labores técnicas durante el recorrido”.
Grissom miró de arriba hacia abajo a Kirov.
-“¿Eres técnico?”
-“Ingeniero, realmente. Egresado con honores de la Academia de Ciudad Blake”.
-“Ah, un teórico”, dijo Grissom, suspirando y lanzando una mirada algo decepcionada a su compañero. “La Señora Schneider dejó esto para ti”.
Ártifex tomó el maletín, ofendido. Al parecer no todos tendrían con él la misma deferencia que había mostrado Laylah, pero se adaptaría. No permitiría que un grupo de ratas de carguero dañaran su espíritu. No ahora, que estaba tan cerca.
Ya en su litera Ártifex abrió el maletín, con toda la ceremonia que requería cualquier cosa que proviniera de ella. En él encontró credenciales, una nueva arma láser, un holomapa de Jerome City, un poderoso ordenador y un mensaje grabado en un pequeño emisor de hologramas. Ártifex lo acarició ligeramente antes de encenderlo.
-“Te envío mis saludos, Ártifex. Tu nombre desde ahora es Ivan Pavlov. Ingresarás al ITT a una pasantía en cursos avanzados otorgada por la Universidad Tecnológica de Coventry. En el maletín están tus nuevas credenciales, tu nuevo set de herramientas y los documentos que necesitarás. Intenta no llamar demasiado la atención mientras estés en Tarkad, y mantén los ojos bien abiertos. Sé que no me decepcionarás”.
El holograma sonrió, y Ártifex con él, y luego se apagó. Kirov extrajo cada documento con delicadeza, ordenándolos uno junto al otro en una pequeña mesa metálica. Jamás había estado en Coventry o en algún otro planeta del sistema Arsen, pero ahí habían imágenes y un listado de puntos de interés que podría utilizar para alguna charla casual. Todo estaba tan delicadamente falsificado que Ártifex tuvo por fin una visión de la altura de la intriga en la que se había involucrado y, lejos de atemorizarlo, ello lo llenó de un extraño orgullo. No sabía quién era para Laylah, pero al menos ya algo estaba bien claro: No era un Don Nadie.
Escuchó ruido en el pasillo y guardó todo apresuradamente en el maletín, justo antes de que se abriera la puerta. En el umbral apareció el hombre armado que había visto antes junto a Grissom, que parecía venir mucho más relajado que la primera vez que lo vio.
-“¿Tu nombre es?”
-“Ivan Pavlov”.
-“Excelente, Iván. El Capitán te quiere en el cuarto de motores en cinco minutos, así que más vale que te prepares. Ya tendrás tiempo de desempacar. ¿Estás listo?”
-“Estoy listo. Y prefiero, si no te molesta, ser llamado Ártifex, ¿está bien?”

7

Les tomó siete días salir del primer circuito, y aún una semana más para acercarse al Sistema Tarkad. El enorme sol blanco llenó la cubierta en que Ártifex aprovechaba su descanso para revisar los datos registrados en el ordenador integrado a su maletín. Necesitaba absorber la información de su nueva identidad, pero nunca había sido muy bueno para memorizar nada que no correspondiera a su ocupación, con lo que repetía incesantemente toda clase de banalidades hasta el cansancio. Al parecer el tal Pavlov se parecía mucho a él, en otro planeta y con otras amistades, pero en esencia el mismo: Un ingeniero disconforme y brillante, con una increíble oportunidad en las manos. No podía esperar el aterrizaje.
Pronto dieron el anuncio: El trasbordador partiría ahora, depositándolo en uno de los mil doscientos puertos espaciales de la monstruosa Jerome City. Se ajustó el morral, cerró el maletín, levantó su escuálido equipaje y caminó hasta el turbolift que lo llevaría a la bahía de carga. Había hecho su trabajo a la perfección en la nave, cumpliendo pequeñas tareas de mantenimiento, lo que le había dejado muy poco tiempo de hacer amigos e hizo que una seña fuera más que suficiente despedida: No había tiempo que perder.
El Trasbordador pareció descender eternamente hasta que, entre las densas nubes grises, apareció la majestuosa ciudad, formada por millones de edificios construidos en base a un muy cuidadoso plan rodeando enormes parques dotados de vegetación traída de cada rincón de la galaxia. El aspecto onírico del lugar no distrajo a Ártifex: Quería ver el ITT, era lo único que deseaba.
Su sueño se cumplió pronto, entre edificaciones con forma de montañas, bajo un tenue rayo de luz: El edificio principal del ITT, en forma de aguja en hélice, apuntando al infinito sobre un mar de pequeñas construcciones en forma de estalagmitas. Era portentoso.
Sintiéndose más pequeño que nunca Ártifex bajó de la plataforma del trasbordador y caminó hacia la puerta de recepción, en que una dama alta y de cabello cobrizo le observaba con curiosidad. Él se paró delante de ella, aún en shock, extendiendo torpemente sus credenciales. Ella las tomó con largos dedos de uñas tornasol, y observó lo que en ellas estaba escrito con ojos brillantes y profundos.
Ártifex no podía determinar su edad, pero sabía que no podía ser más de 30 años. Maldita sea, pudieron haber sido mil, ¡Estaba en Tarkad!
-“Ivan Illich Pavlov. De Coventry”, dijo ella, como confirmando su información.
-“Si señora”, dijo él, con voz tan quebrada que se avergonzó de sí mismo.
-“Mi nombre es Lady Helena Lyndall”, dijo ella, recalcando ferozmente el título, “y estoy encargada del programa de becas e intercambio en nuestro instituto. Dime, Ivan, ¿cuál es tu área de especialización?”
No se lo habían dicho. Nadie le había siquiera advertido de tener una respuesta para ello, así que abiertamente disparó lo primero que se le vino a la cabeza, aquello en lo que había trabajado exclusivamente durante los últimos años:
-“Plasma”. Se detuvo luego Kirov a pensar, ante el ceño fruncido de Lady Helena, y replanteó la respuesta: “Sobrecarga de partículas y transferencia de energía en medio gaseoso”.
-“Interesante”, dijo ella, ahora más convencida. “¿Aplicaciones militares?”
-“De preferencia”, empezó él, “pero no me gusta reducir mis aplicaciones a modelo cinético continuo”, remató, lanzando una carcajada. Se cubrió la boca notando lo estúpido de su comportamiento, pero perdió la vergüenza al notar que la dama sonreía. Diablos, que extraño se sentía ser entendido por otro ser viviente.
-“Camina conmigo, joven Iván. Te enseñaré las instalaciones, y puede que tengas la oportunidad e divertir a otras damas durante la cena de recepción”.
Acker Nevis y Alice Bennsdottir se convirtieron en sus compañeros de cuarto durante los siguientes seis meses, en el apartamento 682 del ala Norte del edificio Sioshida del ITT. Las extenuantes jornadas de 10 horas estándar se sucedían seguidas siempre de profundas conversaciones en los dormitorios, acompañadas de intenso café numenoreano, en las que Kirov y sus compañeros desintegraban la realidad en sus teoremas, leyes y ecuaciones más esenciales, obteniendo conocimiento vedado a la gran mayoría de la humanidad, volviéndolos intelectualmente más poderosos y complejos día tras día, en cierta parte como efecto de la mística inexplicable que llenaba cada rincón del lugar en que se encontraban.
Dos meses bastaron a Kirov para hacerse del muy codiciado cargo de Lecturer en la cátedra de dinámicas energéticas del profesor Levsmann, de los cursos medios, quien recompensó sus esfuerzos con el total refinamiento de sus fundamentos teóricos y sus habilidades prácticas, al punto en que ya al cuarto mes Ártifex era capaz de transformar tres piezas de cristal de geoverita, un modulador Ulvstahn y una batería omniostática en un emisor de plasma fluido de funcionamiento confiable y eficiente, hecho que el técnico mantuvo en secreto utilizando la fachada de experimentos fallidos para justificar su uso constante de materiales provenientes de los laboratorios, los cuales eran, sin duda alguna, los mejor equipados y más avanzados que vería jamás.
El final de la pasantía llegó demasiado pronto, y un Courier profesional entregó a Ártifex las tarjetas de acceso de una DL-Sevraika nueva en la plataforma de aterrizaje, enviada por la Señora Schneider. Como nunca antes Kirov lamentó esta despedida, y con lágrimas en los ojos fue elevado por una plataforma hidráulica hasta la cabina de la estilizada nave. El destino ya estaba programado: Outreach, y un nuevo holopod previamente cargado se encontraba entre los objetos entregados por el Courier.
Ártifex esperó hasta varios minutos después del despegue para reproducir el mensaje, enfocándose ante la certeza de que el mismo se borraría después de su primera visualización.
“Muy bien, Iván. Espero que este pequeño regalo haya sido de tu agrado. Finalmente podemos hablar de negocios.
Tu destino es Outreach, como ya lo habrás notado. No podemos encontrarnos inmediatamente después de tu llegada, por la necesidad de que todas las huellas sean eliminadas, así que te enviaré a un lugar oculto. Tal vez su apariencia no sea de lo mejor, pero allí encontrarás todas las herramientas que necesitas para mantener tu mente ocupada hasta que tengamos la certeza de que tu llegada no pondrá en peligro toda la operación. Te gustará lo que hemos hecho aquí, te lo aseguro.
Ten paciencia. Nos comunicaremos nuevamente llegado el momento”.
Ni siquiera el pesimismo más oscuro podía preparar a Kirov para lo que encontró al descender en Outreach: Una pequeña plataforma de aterrizaje, rodeada de un pueblucho de mala muerte, cuyo único punto destacable era un depósito de chatarra que, tristemente, pronto se reveló precisamente como el “escondite” que Laylah le había asignado.
Ártifex se calzó los guantes, descendió de la nave, sacó su equipaje del compartimento de carga de la Sevraika y entró en el depósito, utilizando cada recuerdo feliz de los últimos meses como línea de vida en medio de la terrible desesperación en que lentamente se hundía. “Es temporal”, se repetía, pero no sabía si sería capaz de sobrevivir un segundo ahí.
Tarkad lo había cambiado, y no sabía si sería capaz de despertar a la realidad aunque ella le abofeteara la cara.

8 y final

Había un hombre en la puerta, sin duda. Su silueta se recortaba contra el sol de Outreach en el pórtico, pero no emitía sonido alguno. Parecía estar escuchando, observando.
Ártifex se levantó de la mesa en que trabajaba, ocultando sus esquemas y dibujos. No le gustaban los extraños, y en los últimos tres meses se había hecho de un muy reducido círculo de conocidos que llenaban todas sus necesidades. El tipo de afuera era definitivamente desconocido, y su apariencia elegante casual le hacía verse extremadamente fuera de lugar. Una molestia, sin duda.
Pocas veces iba Ártifex a Sirutti, la ciudad a las afueras de la cual se encontraba el pequeño poblado que ahora llamaba hogar. No la conocía por tanto muy bien, pero estaba claro que incluso en ella el hombre se hubiera visto como un bicho raro. Cabello bien cortado, expresión altanera y reloj de oro completaban su extraña apariencia, y todo ello forzó a Kirov a guardar subrepticiamente un arma láser en la parte trasera de su pantalón antes de salir. Abrió la puerta con cuidado, y la cerró tras de sí al encontrarse frente al forastero, que sonreía como vendedor de seguros.
-“¿Si?”, preguntó Ártifex, quitándose los guantes. La palabra se le antojó extraña en la boca. No solía hablar mucho desde hacía varias semanas.
-“Ivan, me imagino”, dijo el hombre, en tono de complicidad. Kirov frunció el entrecejo y puso una mano atrás.
-“¿Qué desea?”
-“¿Puedo entrar?”
Ártifex miró alrededor, y luego pasó lista mentalmente a todo lo que pudiera comprometerlo entre las cosas que había dentro de la pequeña casa que habitaba. Nada había quedado al descubierto y, aunque la situación se le antojaba bastante peligrosa, recordó que estaba armado y que el tipo parecía no contar con esa ventaja, así que se relajó.
-“Bien… Pase”.
La puerta se cerró, y Arthur Brittain McConnoghan se dirigió a la cocina como si conociera aquella casa de toda la vida.
-“Traigo un mensaje de Laylah, mi madre. Debes recoger tus cosas e ir conmigo, el momento llegó”.
El sonido indicaba que Britt había encontrado las cervezas en la nevera, y Ártifex se dirigió hacia él, confundido.
-“¿Tu madre?”
-“Si”, dijo el comerciante, girando la tapa de la botella. “Sé que suena extraño, pero me tuvo muy joven y yo intento parecer mucho más viejo. Es útil para mis actividades”.
-“¿Y cuáles son tus actividades?”
-“Ya lo verás. Ahora recoge todo y despídete de este basurero. Tengo un laboratorio esperando tus instrucciones para compra de equipo”.
Eso fue suficiente. Ártifex tomó sus escasas pertenencias, ordenó sus esquemáticas y cerró las ventanas, y siguió a Britt hacia las afueras del depósito en que un deslizador MTS los esperaba. La vista del técnico mostraba su frustración. ¡Un hijo! Sabía que no era demasiado lo que conocía sobre la mujer, pero algo en sus ojos le había dicho que lo quería más que como sólo un técnico.
-“¿Y… tienes un… padre?”
-“Bueno, por supuesto, no soy un clon. Pero es un asunto complicado”
Asunto complicado. ¿Divorcio? ¿Temprana viudez? ¿Estaba hablando Ártifex con alguien que podría llamarle padre en el futuro? No le parecía en absoluto pero ¿Cómo realizar aquellas preguntas?
El deslizador voló sobre el desierto costero hasta un promontorio, y luego descendió por un estrecho cañón. De súbito entró a una caverna, saliendo finalmente a un claro en el cual un túnel disimulado los recibió. Tres puertas reforzadas después llegaron a un gran instalación subterránea, en la cual hombres y androides trabajaban frenéticamente. Sobre una de las plataformas los esperaba Laylah, hermosa como siempre, enfundada en un ceñido mono negro de destacado escote.
-“Te dije que llegaría el momento”, dijo cuando el técnico estuvo junto a ella, besándolo luego en la mejilla.
-“Siempre estuve esperando”, dijo él, con una sonrisa acongojada. “¿Hay algo que pueda hacer por usted?”
-“Por supuesto”, dijo ella, y Britt tomó la palabra:
-“Vamos al Laboratorio, Ártifex. Tengo un proyecto que sin duda te será muy interesante…”
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Dueño Infinity

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